Río es una
ciudad vitalista y excesiva. Siete millones de cariocas e incontables turistas
comparten un espacio limitado y muy bello junto al océano. Fusión entre
modernismo decadente y modernidad sin freno, en Río se puede contemplar una
diminuta iglesia de estilo portugués junto a un rascacielos. La riqueza
exagerada da paso a la pobreza más extrema en esta ciudad que parece
alimentarse de los contratastes.
Una visita a
Río también pasa por recorrer sus dos playas: Copacabana e Ipanema,
posiblemente las más famosas del mundo. Eso sí, dada la alta tasa de
criminalidad conviene no llevar absolutamente nada de valor encima. Algo que no
debes perderte aquí es sin duda su carnaal, tan famoso en todo el mundo.
Es el Carnaval
de Río de Janeiro, quizás el más famoso y multitudinario del mundo y, en todo
Brasil, un acontecimiento que es considerado todo un símbolo de identidad
nacional junto al fútbol, las playas, el culto al cuerpo, la cachaça
(aguardiente que se utiliza para preparar la caipiriña) y, por supuesto, la
samba, un ritmo ante el que es difícil resistirse.
Los artífices
de semejante fiesta son las escuelas de samba que, agrupadas por barrios, están
durante todo el año preparando el Carnaval. Nada se deja a la improvisación: el
diseño de los trajes, la música, la coreografía, la letra de las canciones,
todo ha de estar listo para desfilar en el Sambódromo, una gigantesca pasarela
diseñada por el gran arquitecto brasileño Oscar Niemeyer.
Más allá del
gran atractivo del carnaval, esta ciudad es simplemente, maravillosa. No se
pierda la oportunidad de subir (a bordo de un teleférico) a la famosa colina
conocida como Pan de Azúcar (Pao de Açúcar), que se levanta a unos 360 metros sobre
el nivel del mar en la hermosa bahía de Guanabara, o al Corcovado (se accede a
través de un tren cremallera), la estatua del Cristo Redentor, que con sus
brazos abiertos parece querer proteger a esta asombrosa ciudad. Desde sus 710
metros de altura se obtiene una increíble imagen panorámica de Río, una ciudad
donde viven cerca de siete millones de personas.
Lo primero que
llama la atención es su exuberante belleza tropical, que se manifiesta en la
tupida vegetación que crece entre los modernos rascacielos acristalados de la
ciudad y, muy especialmente, a lo largo y ancho de las colinas, los montes, los
morros o los panes que la rodean y que forman la llamada Selva de Tijuca, la
mayor selva urbana del mundo.
En Río de
Janeiro se pueden encontrar interesantes muestras de la herencia colonial, de
la época del Imperio y de la República. Merece la pena visitar el Teatro
Municipal, el Museo Nacional de Bellas Artes, el Palacio de Itamaray (fue sede
del Gobierno republicano), el Museo Nacional de la Quinta da Boa Vista (antigua
residencia imperial) o iglesias tan llamativas como la de Nuestra Señora de la
Candelaria y el Monasterio de São Bento.
No debemos
olvidar las playas. Empezando por una de las más famosas: Copacabana, una ancha
franja de 4,5 kilómetros de largo que se ha convertido en uno de sus grandes
mitos. Aquí, además de concentrarse un sinfín de bares, hoteles y restaurantes
(es una de las más turísticas), se encuentran viviendas que alcanzan en el
mercado los precios más altos del mundo.
Acudir a la
playa es uno de los rituales que el carioca practica con más asiduidad. Aquí se
viene a disfrutar del sol, practicar deporte o bañarse (cuando las peligrosas
olas lo permiten), pero también a ligar, porque aquí, en Río, el culto al
cuerpo es casi una religión y todos, hmbres y mujeres, expresan su sensualidad
(y, por qué no, su sexualidad) junto a una proverbial alegría de vivir. La
playa, al igual que sucede con el Carnaval, también sirve para borrar
diferencias de clases: hasta ella acuden desde los ricos profesionales, a
familias enteras o habitantes de las cercanas favelas.
Pero si
Copacabana es la playa más mítica, su continuación, la de Ipanema, tampoco se
queda atrás. Menos caótica, más limpia y segura que Copacabana, se caracteriza
por ser el lugar favorito de las clases más pudientes. En sus bares y cafés se
reunían los intelectuales y los músicos más famosos de la ciudad. Uno de los
más célebres fue el Bar Veloso, donde Carlos Jobim y Vinícius de Moraes crearon
una de las canciones más legendarias de uno de los ritmos más internacionales
de la música brasileña, la bossa nova y cuyo símbolo indiscutible fue La garota
de Ipanema (La chica de Ipanema). Hoy el Bar Veloso ha tomado el nombre de la
mítica canción y en él se puede disfrutar tranquilamente de la mejor música
brasileña mientras se degusta un café o una caipiriña. Más allá de Ipanema
(concretamente al suroeste) está la playa de Leblon, un lugar donde a pesar de
que existen muchos hoteles y restaurantes, sigue siendo uno de los barrios más
tranquilos y agradables de la ciudad.
Río de Janeiro,
también conocida como la Cidade Maravilhosa (La Ciudad Maravillosa) no dejará
indiferente al viajero. La que fuera capital de Brasil hasta 1960 atesora 500
años de historia dispersa en una geografía urbana que merece la pena descubrir.
¿No le apetecería conocerla en su próximo viaje?
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Janeiro.
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